Es misión fundamental de estos espacios del arte actual estar atentos a estas tramas intrincadas de la creatividad artística, a ser laboratorios de formas vivas del arte que tienen la facultad de ser apropiadas por cualquier persona. Tienen en consecuencia la obligación de proponer estrategias que faciliten la visualización de las prácticas artísticas de la contemporaneidad, de su amplia comunicación , de manifestar inquietud frente a los contextos sociales y culturales del entorno, de estar dotados de una sensibilidad, especie de sismógrafo, de los acontecimientos que movilizan o inquietan al pensamiento contemporáneo.
Sin dejar a un lado sus características de universalidad, deben poner énfasis en conceder mejor atención a las propias señales de las culturas en las que se encuentran inmersas. En este sentido, no es posible seguir utilizando a las ciudades o países que tienen como sede a una bienal, simplemente como espacios físicos de ocupación transitoria, muchas veces extraños a la cotidianidad social y cultural de quienes los habitan. Las condiciones sociales y económicas de una mayoría de la población se encuentran muy lejanas de la modernidad. Aquí aparecen las primeras contradicciones.
Las bienales construirán trascendencia en el contexto de sus países que las reciben, y en consecuencia en el campo internacional, cuando consoliden su pertenencia a las particularidades culturales de su región. Su validez no debe medirse únicamente por su grado de internacionalidad, por su inclusión o no en los circuitos centrales del arte -por cierto de membresía exclusiva, en los que se reservan los derechos de admisión, como el de los clubes privados-, o por su capacidad financiera. No, sobre todo el principal factor de mensuración debe constituir su respuesta a las particularidades de las culturas de su ciudad sede, país o región más inmediata. Si en este proceso de reflexión se ve la necesidad de tener otros formatos diferentes a las bienales de modelo convencional, de propias estructuras para el arte contemporáneo, construidas en nuestras culturas y para nuestras culturas, esas políticas de acción deberán ser consideradas. Es necesario en consecuencia consolidar esta mirada que nos permita tener la legitimidad de lo propio, la diferencia frente a la uniformidad en un mundo sospechosamente globalizado.
Latinoamérica es considerada cada vez más como región desde la que se plantean nuevos pensamientos en los diversos campos. El arte de nuestra región comienza a tener miradas atentas desde las diversas geografías culturales del planeta, inquieta a los centros hegemónicos que históricamente monopolizaron la atención y que todavía pretenden seguir dictando las normas del canon estético. No es un arte simplemente alternativo. Es mucho más que eso. Constituye un proceso que conjuga culturas originarias vivas -que por ventaja en nuestros países aún no han sido encerradas en las vitrinas museológicas-, con los lenguajes de la experiencia en los nuevos medios visuales y la complejidad de la multiculturalidad. Por aquí posiblemente debe enfocarse el rol de las bienales: ser puentes que unan las orillas de lo diverso y genuino, puentes que más allá de acercarnos al conocimiento de las diferencias estéticas, faciliten el diálogo entre posiciones diferentes.
Nota aparecida en Diario El Mercurio.
Texto Tomado de:http://www.elmercurio.com.ec/232091-puentes-que-unen-las-orillas-de-la-diversidad.html