·IMPERMANENCIA


IMPERMANENCIA. La mutación del arte en una sociedad materialista

  

Curador: Dan Cameron

 

Durante la mayor parte de su historia documentada, una cualidad esencial del arte visual ha sido el esfuerzo que se ha hecho para prolongar su existencia. Si es que una obra de arte se consideraba verdaderamente importante, la responsabilidad de asegurar su transmisión de una generación a la siguiente recaía en sus dueños o custodios; la incapacidad de hacerlo solo podía deberse a calamidades como una guerra o un gran incendio. Sea montado en la pared de una iglesia, colgado en las habitaciones de un mecenas de las artes, o guardado cuidadosa y herméticamente dentro de una bóveda suiza, un aspecto absolutamente primordial  del valor material y simbólico del arte ha sido siempre su capacidad ilimitada  de obligarnos a protegerlo de los daños causados por el tiempo, un estado de permanencia que nosotros –los mismos espectadores cuya devoción ininterrumpida mantiene su reputación con un pulso vital–, solo podemos especular.

 

Las obras de arte están lejos de ser los únicos artefactos diseñados para perdurar. Los seres humanos construimos pirámides y monumentos, bancos y museos con paredes, pisos y techos de solidez impresionante, en parte porque estamos hechos primordialmente de superficies suaves y flexibles suspendidas en líquidos viscosos que pueden ser manipuladas e impregnadas de manera relativamente fácil, de modo que necesitamos más protección que aquellas especies dotadas de pelaje o de un caparazón grueso. A diferencia de las paredes seguras que nos rodean, las características esenciales del tejido humano requieren que se conecte y, a veces, que se una con otros tejidos para que estructuras dinámicas puedan relacionarse, y aun desconectarse después, y juntarse nuevamente.  Hasta hace poco, esta mutabilidad esencial de forma y materia, que nos define como seres vivos, no había sido una característica que hayamos buscado en el arte que consideramos más significativo, pero hay señales de que esto está cambiando. Acontecimientos actuales en el arte contemporáneo, que enfatizan su aplicabilidad social en favor de su monetización dentro del mercado global, parecen sugerir una separación de la comunidad artística internacional en dos campos: aquellos cuya función es la de especular en la rentabilidad del arte a futuro, y aquellos que usan el arte como una herramienta para mirar el statu quo del planeta y sugerir otras posibilidades de ver el mundo para compartirlas con nuestros coetáneos.

 

La XIII Bienal de Cuenca, Impermanencia, propone juntar un grupo de artistas geográfica y estilísticamente diversos, quienes comparten un interés por reflejar las debilidades y locuras de la existencia humana vinculadas a nuestra condición esencialmente fugaz. Así, la exhibición reconoce que los desafíos de hacer arte comparados con algunos de los obstáculos más grandes de la existencia humana, pueden parecer menores y triviales para quienes no están al tanto de su relevancia, de la misma forma que nuestra especie probablemente parece insignificante cuando se compara con la totalidad del cosmos que nos rodea. Y, sin embargo, hacemos y apreciamos el arte por razones profundas y primordiales que a veces incluyen el deseo de preservar nuestro nombre después de la muerte. En este contexto, quizá sea el arte de lo inefable, de la indefensión y lo transitorio el que habla de un modo más elocuente a nuestra constitución de envoltorios temporales y transitorios de energía que se dispersa gradualmente dentro de un universo frío y en continua expansión. En su apelación a la sensibilidad interna del espectador, la XIII Bienal de Cuenca cambia sutilmente ciertas condiciones previas de relación con las obras de arte, las cuales, en el análisis final, son más el patrimonio de toda la humanidad que de un solo museo, estado o individuo.

 

Como un concepto temático, Impermanencia es también uno de los principios centrales del budismo, según el cual toda existencia, sin excepción, está sujeta al cambio, y esta transitoriedad es cada vez más una característica de la vida y del arte que tenemos hoy en día, un arte cuyo valor reside menos en mantenerse intacto cien o mil años, que en su habilidad para conectarnos en el momento presente y fugaz de nuestro intercambio con el mismo, incluso si en una semana éste ha desaparecido sin dejar rastro. Dicho acercamiento requiere que consideremos las formas en que las condiciones previas de una vida llevada materialmente son más maleables y menos predeterminadas que lo que muchos de nosotros nos imaginamos. Al liberar el arte de la obligación de permanecer más allá de nuestra memoria, lo experimentamos como una expresión del rechazo a aferrarnos fútilmente a aquello que, para comenzar, nunca fue nuestro. 

 

IMPERMANENCIA Mutable Art in a Materialist Society

 

For most of its recorded history, an essential quality of visual art has been the effort expended to prolong its existence. If an artwork was deemed truly important, then the responsibility fell to its owners or custodians to ensure that it was safely conveyed from one generation to the next; failure to do so could only be rationalized by calamity on the scale of war or conflagration. Whether mounted to the wall of a church, hung in the private quarters of a patron of the arts, or safely tucked away in hermetically sealed crate locked inside a Swiss vault, an absolutely key aspect of art’s material and symbolic value has always been its boundless capacity to compel us to insulate it from the ravages of time, a state of permanence about we, the self-same viewers whose unbroken gaze of adoration keeps their reputation pulsing with life, can only speculate.

Artworks are far from the only things that are designed to endure. Humans build pyramids and monuments, banks and museums with walls, floors and ceilings of impressive solidity, partly because what we are made up of, primarily, are soft, pliable surfaces suspended in viscous fluids that can be plied and permeated with relatively little effort, so we require more protection (i.e., walls) than those species who are covered by a thick shell or coats of fur. In contrast to those secure walls surrounding us, the essential characteristics of human tissue require it to connect and sometimes merge with other tissue, so that dynamic structures can be interlinked, and even detach themselves later, and brought together again. Until quite recently, this essential mutability of form and matter, which defines us a life form, has not been a characteristic that we have tended to seek out in the art that we deemed most meaningful, but that is showing signs of change. Current developments in contemporary art that underscore its social applicability in favor of its monetization within a global marketplace seem to suggest a splintering of the global art community into two camps: those whose function is to speculate in art’s future profitability, and those who employ art as a tool to contemplate the planet’s status quo and suggest possible world views to be shared among our fellow habitants.

 

The XIII Bienal de Cuenca, Impermanencia, proposes to bring together a geographically and stylistically diverse group of artists who share an interest in mirroring the frailties and follies of human existence relative to our fundamentally fleeting existence. In doing so, the exhibition recognizes that the challenges of art-making, as compared to some of the greater obstacles in human existence, might seem minor and trivial for those not aware of its high stakes, in much the way that our species likely appears insignificant when measured against the entirety of the surrounding cosmos. And yet we make and appreciate art for deep, primordial, which sometimes includes the wish to have one’s name spoken long after one is no longer alive, but perhaps it is the art of the ineffable, the defenseless, and the transitory that speaks most eloquently to our condition as temporary, transient packets of gradually dispersing energy inside a cold, ever-expanding universe. In its emphasis on the viewer’s internal responsiveness to the works on view, the 13th Bienal de Cuenca also subtly challenges certain preconditions of ownership with respect to works of art, which in the final analysis are more the patrimony of all humankind than a single museum, state, or individual.

 

As a thematic concept, impermanence, also one of the guiding precepts of Buddhism, is increasingly characteristic of the lives we lead today, when art’s value seems less rooted in the precondition that its appearance be preserved intact a hundred or thousand years from now, and instead is increasingly defined by its ability to connect with us in the present, fleeting moment of our exchange with it, even if a week from now it has vanished without a trace. Such an approach requires that we consider the ways in which the preconditions of a materially driven life are more malleable and less predetermined than many of us can imagine. By freeing art from the requirement that it linger beyond what we retain in our memory, we may also be opening ourselves to experiencing art as a concrete expression of our refusal to cling in futility to that which was never really ours to begin with.

Bienal
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